Para llegar a Machu Picchu hay que tomar un bus que sube por una larga trocha en la que puedes aprovechar para tomarte una siestita. Arriba, si tienes suerte (o si tomaste las “choripill” de las que hablaba Maju el otro día) no te da el conocido mal de altura que a veces viene a molestar. A mí me dio una especie de cansancio que hacía que cada escalón que subiera me pesara más y más, pero luego de un ratito pasó. Es alucinante todo lo que tienes para descubrir. Lo primero que te preguntas es por qué diablos uno no ha visitado antes este rincón tan precioso de nuestro país, donde, por todos lados, turistas caminan emocionados.

Luis Carlos